Cuando se habla de adaptación climática en el sector hostelero, la conversación suele derivar rápido hacia los costes. ¿Cuánto cuesta mejorar el aislamiento? ¿Cuánto cuesta un sistema de climatización eficiente? ¿Cuánto cuesta proteger las instalaciones de una inundación?
Son preguntas legítimas. Especialmente para un tejido empresarial donde el 95% son microempresas con recursos limitados.
Pero hay otra pregunta que se formula mucho menos: ¿cuánto cuesta no adaptarse?
Una cifra que lo contextualiza todo
La DANA de octubre de 2024 generó más de 300 millones de euros de pérdidas directas en el sector hostelero. Cientos de establecimientos con daños en instalaciones, pérdida masiva de mercancía, cierres prolongados. Muchos de ellos sin cobertura aseguradora adecuada para este tipo de eventos.
No fue un caso excepcional e irrepetible. Fue la materialización de un riesgo que los modelos climáticos llevan años proyectando: mayor frecuencia e intensidad de episodios de precipitación extrema, más días con temperaturas extremas, mayor presión hídrica en los territorios con mayor concentración hostelera.
Cada episodio tiene un coste. Y esos costes se acumulan.
Tres vectores de presión que rara vez se analizan juntos
El impacto climático sobre la cuenta de resultados de un establecimiento hostelero llega por tres vías simultáneas que pocas veces se contabilizan de forma integrada.
La primera son los daños directos: instalaciones, equipamiento, mercancía. Los más visibles, los que activan los seguros cuando existe cobertura.
La segunda es el incremento estructural de costes operativos. Las olas de calor aumentan el consumo energético de climatización. Las sequías incrementan los precios de materias primas clave. Estos costes no se generan en un episodio puntual: se acumulan temporada a temporada, erosionando los márgenes de un sector que ya opera con rentabilidad ajustada.
La tercera, y la más difícil de contabilizar, es la pérdida de competitividad del destino. Un destino que sufre episodios climáticos recurrentes sin capacidad de respuesta visible desarrolla un problema reputacional acumulativo. La percepción de inseguridad o de deterioro de las condiciones climáticas puede afectar a las decisiones de viaje durante temporadas enteras. Para el sector hostelero, que depende del flujo turístico, ese impacto tiene consecuencias económicas reales, aunque no aparezca en ningún balance.
La adaptación tiene retorno
Las medidas de adaptación que el sector puede adoptar como eficiencia energética, gestión del agua, protección de instalaciones, sistemas de alerta temprana, planes de contingencia operativos, etc, no son sólo defensivas. Tienen retornos directos: reducción de costes operativos, menor tiempo de recuperación tras un episodio adverso, mejora del confort de clientes y trabajadores.
Y tienen un retorno estratégico de mayor alcance. Los mercados turísticos emisores (especialmente los del norte de Europa) que generan una parte determinante de la demanda hacia destinos españoles son cada vez más sensibles a la percepción del riesgo climático en sus destinos de viaje. Los destinos con estrategias de adaptación visibles y consolidadas tienen una ventaja competitiva creciente en esos mercados.
En el horizonte de los próximos años, esa ventaja puede ser determinante para el posicionamiento del turismo español.
Desde Hostelería de España seguiremos trabajando para que el sector tenga las herramientas necesarias para construirla.


